Category: Cuentos Cortos Infantiles

¿Quién le pone el cascabel al gato?

¿Quién le pone el cascabel al gato?

En una casa vivían muchos ratoncitos vivían muy felices, haciendo lo que querían. Se paseaban por la cocina y se comían todo el queso.

Pero un día, Tomás llegó a casa. Tomás era un gato muy famoso por ser buen cazador de ratones. Ningún gato se atrevía a asomarse en la cocina por temor a ser devorado. Muchos ratones que habían tratado de burlar su vigilancia, habían perecido en las garras de Tomás, el temible gato.

Los Duendecillos y el zapatero 0

Los Duendecillos y el zapatero

Un zapatero se había empobrecido de tal modo, y no por culpa suya, que, al fin, no le quedaba ya más cuero que para un solo par de zapatos. Cortólos una noche, con propósito de coserlos y terminarlos al día siguiente; y como tenía tranquila la conciencia, acostóse plácidamente y, después de encomendarse a Dios, quedó dormido. A la mañana, rezadas ya sus oraciones y cuando iba a ponerse a trabajar, he aquí que encontró sobre la mesa los dos zapatos ya terminados. Pasmóse el hombre, sin saber qué decir ni qué pensar. Cogió los zapatos y los examinó bien de todos lados. Estaban confeccionados con tal pulcritud que ni una puntada podía reprocharse; una verdadera obra maestra.

La casita de Chocolate 0

La casita de Chocolate

Había una vez un leñador muy, muy pobre que vivía junto a un enorme bosque con su esposa y sus dos hijos: un niño y una niña. El niño se llamaba Hansel, y la niña, Gretel. Siempre andaban faltos de todo y llegó un día en que la cosecha fue tan escasa que el leñador ni siquiera tenía suficiente comida para dar a su familia el pan de cada día. Cierta noche en que no podía dormirse, tantas eran sus preocupaciones, despertó a su esposa para hablar con ella.

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Pulgarcito

Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al hogar atizando el fuego, mientras su mujer hilaba, sentada a su lado.
Dijo el hombre: – ¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio en esta casa, mientras en las otras todo es ruido y alegría! – Sí -respondió la mujer, suspirando-. Aunque fuese uno solo, y aunque fuese pequeño como el pulgar, me daría por satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida.