La flauta del pastor

Había una vez un labrador que vivía en un pueblecito de montaña y tenía tres hijos. Los dos mayores se creían mucho más inteligentes que el pequeño y aprovechaban todas las ocasiones para burlarse de él. El hermano pequeño no respondía a las burlas ni parecía afectado por ellas, por lo que su padre llegó a la conclusión de que posiblemente no debía de ser muy listo. Como no sabía qué tipo de trabajo podía encargarle, decidió que sería pastor.

Así pues, en primavera el joven recogía el rebaño, buscaba los mejores pastos en lo alto de la montaña y permanecía allí hasta la llegada del otoño.

Un día, mientras conducía el rebaño hacia un prado que se encontraba junto a un riachuelo, se le acercó una anciana y le pidió si podía acompañarlo un trecho

-¿Siempre has trabajado de pastor? -le preguntó.

-Sí, mi padre y mis hermanos creen que no soy capaz de hacer nada más -respondió con tristeza.

-Entonces ¿que te gustaría hacer?

-Lo cierto es que me aburro mucho. Si al menos tuviera una flauta, la música me serviría de distracción.

Antes de despedirse, la anciana le regaló una flauta. Lleno de alegría, el muchacho la tomó en sus manos y empezó a tocar. Cuando se dio la vuelta para agradecérselo, vio que la mujer había desaparecido.

Siguió tocando la flauta,y de inmediato las cabras y las ovejas se pusieron a bailar.

Así pasaron los días, y cuanto más bailaban, más engordaban, hasta que los animales al cargo del joven pastor fueron más fuertes y robustos que los demás rebaños de la zona.

Como todos los pastores estaban celosos,  fueron a avisar a los dueños del rebaño para contarles que sus corderos y sus cabras no paraban de bailar de la mañana a la noche.

Los dueños subieron a la montaña a comprobarlo y, a pesar de reconocer que su rebaño había mejorado mucho, decidieron despedir al pastor por temor a que las cabras y los corderos acabaran exhaustos de tanto bailar.

Cabizbajo y lleno de tristeza, el joven pastor regresó a su casa, y sus hermanos todavía lo mortificaron más con sus bromas pesadas y sus burlas.

Unos días después de su llegada, su padre envío al hermano mayor a vender un cesto de manzanas a la ciudad. Por el camino, encontró a una anciana.

-¿Qué llevas en el cesto? -quiso saber la mujer.

-¡Oh! Llevo ratones para venderlos en el mercado -mintió el muchacho que temía que le pidiera algo de comida.

-Claro, claro, ratones, muchos ratones -se rió la anciana, y desapareció como por arte de magia.

Cuando el muchacho llegó al mercado, se apostó en una esquina voceando su mercancía:

-¡Manzanas! ¡Vendo hermosas y jugosas manzanas!

Se le acercó un comprador, y al abrir el cesto para entregarle la mercancía, un par de ratones huyeron despavoridos. En lugar de manzanas, el cesto estaba lleno de ratones. El muchacho asustado, desapareció  de la vista y corrió hasta su casa tan deprisa como pudo.

Unos días más tarde, su padre envío al segundo hijo a vender naranjas al mercado.

Por el camino, encontró a una anciana:

-¿Qué llevas en el cesto? -quiso saber la mujer.

-¡Oh! Llevo pájaros para venderlos en el mercado -mintió el muchacho temiendo que le pidiera algo de comida.

-Claro, claro, pájaros, muchos pájaros -rió la anciana y desapareció.

Cuando el muchacho llegó al mercado y abrió el cesto dispuesto a ofrecer sus naranjas, una bandada de pájaros voló hacia el cielo y desapareció de la vista. El muchacho, entristecido, regresó a casa.

Unos días después, el hijo pequeño pidió  a su padre que le permitiera ir al mercado a vender uvas.

-¡Vaya zoquete estás hecho! se mofaron sus hermanos.

-No sé de qué reís -los regaño su padre -. Si vosotros lo probasteis, él también tiene derecho a hacerlo.

Así pues, a la mañana siguiente, el muchacho salió de casa con un cesto lleno de uvas.

Por el camino le salió al encuentro la misma anciana que le había regalado la flauta.

-¿Qué llevas en el cesto? -preguntó la anciana

-Solo llevo uvas -contestó él.

-Claro, claro, uvas. Unos racimos espléndidos. Solamente uvas riquísimas.-  Y con una gran sonrisa desapareció como por arte de magia.

En el mercado, el muchacho abrió el cesto y los compradores se apresuraron a quitarle de las manos aquellos magníficos racimos de uvas. Pasó todo el día vendiendo, ya que el cesto no se vaciaba jamás.

Al atardecer, había llenado unas cuantas bolsas de monedas.

-Mira, padre -dijo al regresar a su casa y depositar las bolsas encima de la mesa-, eso es lo que he ganado vendiendo uvas.

El padre y los hermanos se precipitaron sobre las monedas, pero por más empeño que ponían, se resistían salir de las bolsas. Al verlo,el hermano pequeño se llevó su flauta a la boca y empezó a tocar. Al sonido de la música, las monedas salieron de las bolsas, cayeron al suelo y se pusieron a bailar.

A partir de aquel momento, no les faltó de nada, aunque siguieron trabajando los campos y vendiendo los productos en el mercado. Los hermanos mayores habían aprendido la lección, y por consiguiente, trataron con respeto a su hermano pequeño.

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